
2016
II/3
Cabe matizar que un hombre
es el antónimo de un árbol
en términos de guagua, taire y guerra.
Mis raíces son morrocotudas
en proporción a mi cuerpo.
El ancla de La Niña en Palos
los cimientos del cementerio
el amor y, sobre todo, el miedo.
Mi crecimiento, lento intento de crecer
a las alas, a las hélices ajeno,
enemigo mortal de todos los reactores
que quieren arrancarnos de la tierra.
Hay un café de rótulo ilegible
en tu viejo barrio, allá en la periferia.
Utopía, Etiopía quizá, se llama
y allí, donde jamás friegan bien los vasos
y cuelgan bolsas de agua
que descorazonen a las moscas
e irrumpe, sí, siempre desde la calle,
ese ortóptero importuno y recurrente…
Allí, decía, de nueve a diez,
de martes a domingo,
una pareja de septuagenarios ríe
y su risa revuelta, cual bandada de estorninos,
se pierde
entre revolucionarios discursos deportivos
y aullidos
de máquina tragaperras.
Mi memoria no recoge más que huellas
que dan lugar a formas caprichosas,
inciertas pero nunca impersonales,
como la mandrágora,
como el ginseng,
como la Fallopia multiflora.
Aún juego con recuerdos inducidos,
garabatos a cuchillo
en la piel de aquel árbol menguante.
Hay nidos humanos sobre las ramas más gruesas
y flores del color de las arterias.
Primeros besos, últimas palabras
y todos los fenómenos lumínicos,
y la levedad tan propia de los sueños
y la emoción de saberse en peligro,
pese a la magia y los superpoderes,
en un mundo recóndito, infinito,
virgen, mitológico y salvaje
y la banda sonora de John Williams.
Soy hijo de torero y bailaora
y pienso conquistar el mundo.
Así, con las palabras más gruesas y distantes:
universo, razón, verdad, justicia,
eternidad incluso. Traducidas todas ellas
al inglés, al chino y al euskera
hitzak, 话, words
... vortoj
[…]





















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