
2021-2022






































"Los trabajos infantiles no admiten atajos. A menudo, un niño o una niña seguirá largos y complicados rodeos para hacer cualquier cosa. Preferirá el zigzag a la recta o saltará a la pata coja en vez de caminar o evitará pisar las rayas de la acera. Lo que los adultos juzgan una irritante arbitrariedad responde probablemente al deleite de que, por una vez, las normas adopten la forma de trabas autoimpuestas. Esa economía del derroche en la acción, que desprecia la eficiencia, puede interrumpirse en cualquier instante en que aparezca una opción más atractiva, pero también verse sostenida con una obstinación inasequible al desánimo. Así sucede en la obra de Helí García, que no por casualidad encuentra en la niñez un terreno privilegiado de indagación. Para esta muestra produce la réplica de una cabaña que construyó en su infancia, en compañía de su hermano y su primo. La cabaña original, que quizá sería más acertado describir como chabola, estaba formada por piezas de madera procedentes de un molino en desuso y pintadas de rojo y verde: partes de puertas y ventanas, algún tablero, un palé. A partir de sus recuerdos y sin mayor soporte que unas pocas fotografías, el artista reconstruye con precisión la cabaña, eligiendo, como los niños, el camino más largo.
No se permite desviación alguna al imitar las tablas que formaban las paredes y el suelo, pero las replica sometiéndose a una traba autoimpuesta. En vez de usar materiales hallados (como hizo de niño) o conseguir siquiera unas tablas de las mismas dimensiones para luego ensamblarlas, Helí García parte de varios tableros de madera tratados industrialmente, los encola entre sí y luego los talla y los lija para conseguir, hasta el mínimo detalle, el mismo aspecto que en la cabaña original. El esfuerzo parece arbitrario hasta lo irritante: imita el improvisado ensamblaje de maderas con el método más minucioso posible; logra un efecto irregular y desvencijado a partir de planchas de madera perfectamente regulares y lisas. Este método paradójico alcanza un punto culminante cuando se aplica a los cuatro segmentos de tronco que sostenían la construcción original. Podría haber buscado otros cuatro troncos de tamaño similar o incluso tallarlos a partir de cuatro tacos de madera, pero se decide por un rodeo más largo: a partir de las fotografías modela los cuatro troncos a pequeña escala, captura su forma mediante un escáner 3D y luego la reconstruye en el tamaño deseado a partir de segmentos verticales formados por finas planchas industriales de madera cortadas a láser y encoladas entre sí. Para el acabado final, el taco formado por la aglomeración de segmentos encolados se talla y lija. El resultado es asombrosamente parecido, en su forma general y en sus detalles, a los segmentos de tronco originales, aunque sin rastro de aspereza y en un color más claro. Parecen los mismos maderos, pero en una versión lamida por el paso del tiempo, con el aspecto de un canto rodado o un palo encontrado en la playa. La cabaña toda parece fundirse en una única pieza lisa, homogénea, monocroma. Como un fósil de la cabaña original.
Todo este trabajo adicional puede parecer arbitrario en el nivel de los medios, pero es estratégico en el de los significados. Por un lado, permite recalcar que se está construyendo una réplica, un modelo a escala 1:1. Si Helí García hubiera buscado cuatro troncos y unas cuantas piezas viejas de madera que ensamblar, habría construido una segunda cabaña (más o menos similar a la primera), pero no una réplica. Aquí se trata de poner en acto en la sala, no tanto la cabaña misma, como su recuerdo, y el recuerdo es siempre una simplificación y una sublimación de la experiencia: está construido de otro modo, demanda su propio trabajo y exige un trato distinto. Al contrario que la construcción original, la réplica es aquí un objeto de contemplación estética, que no puede tocarse; se asemeja en esto a cualquier recuerdo, que trae a la conciencia la experiencia que le dio origen y, al mismo tiempo, separa de ella.
Por otro lado, como se ha dicho, la estrategia de Helí García repite y lleva al extremo el gesto infantil del rodeo: esa aristocrática economía del derroche temporal que no condesciende a la vulgaridad de la eficiencia. Pero ese exceso se orienta aquí en una dirección opuesta a la infantil. El niño o la niña imita la cultura con elementos naturales: se construye un arma a partir de una caña o imagina que una piedra plana es un teléfono móvil. El o la artista imita la naturaleza con elementos artificiales. Esto es lo que ha hecho la tradición artística occidental, guiada por un ideal de mímesis (imitar, por ejemplo, una cabeza con bronce fundido o un paisaje marino con azul de Prusia y blanco de plomo), y es también lo que hace Helí García reconstruyendo sus troncos con madera industrial. El trabajo extra que se toma con ellos revela la importancia para la pieza de la ausencia a la que señalan las réplicas y a la que señalaban aquellos troncos de hace 30 años.” […]
Jaime Cuenca: El árbol ausente
Texto extraído de la publicación Pretérito imperfecto, 2022
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